Pensé que estaba perdiendo la cabeza, volviéndome loca. Nunca le dije a nadie lo que sucedía dentro de mí. Sólo compartía lo superficial que era evidente a todos. No iba a clases porque no le encontraba sentido a ellas. Me quedaba en cama; la puerta cerrada con llave para que mi mamá no entrara. Eventualmente, ella se dio por vencida, pero yo ya me había dado por vencida.
Cuando estaba en casa, empecé a cortarme. Me hacía sentirme mejor de cierta forma. Escribía cosas en mi brazo con una navaja, como si mi piel fuera una cartelera de toda mi locura. Mi mamá se asustó cuando me vio vendada, tratando de esconderla bajo mis blusas de manga larga. Entonces, pasé a mi estomago porque había más campo para escribir.
Mi mente corría de un pensamiento a otro, planeando cómo lastimarme para vengarme de mis seres amados haciéndoles sufrir. Esperaba que entendieran lo que habían perdido y que otros lo resintieran porque no estuvieron ahí para mí.
El único escape que tenía durante este tiempo de mi vida, era el arte. Era una pasión; pintaba y creaba proyectos de cerámica. La clase de cerámica era el único motivo para que asistiera a la secundaria.
A veces, tomaba mi caballete, papel, pintura y botellas de agua y me iba al bosque. Caminaba hasta poder perderme en el panorama. Estaba contenta de estar sola con mi arte. Era tranquilo y nadie que yo conocía estaba ahí. Podía pintar y escuchar el silencio que me rodeaba.









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