Cuando estaba en casa, empecé a cortarme. Me hacía sentirme mejor de cierta forma. Escribía cosas en mi brazo con una navaja, como si mi piel fuera una cartelera de toda mi locura. Mi mamá se asustó cuando me vio vendada, tratando de esconderla bajo mis blusas de manga larga. Entonces, pasé a mi estomago porque había más campo para escribir.
Mi mente corría de un pensamiento a otro, planeando cómo lastimarme para vengarme de mis seres amados haciéndoles sufrir. Esperaba que entendieran lo que habían perdido y que otros lo resintieran porque no estuvieron ahí para mí.
El único escape que tenía durante este tiempo de mi vida, era el arte. Era una pasión; pintaba y creaba proyectos de cerámica. La clase de cerámica era el único motivo para que asistiera a la secundaria.
A veces, tomaba mi caballete, papel, pintura y botellas de agua y me iba al bosque. Caminaba hasta poder perderme en el panorama. Estaba contenta de estar sola con mi arte. Era tranquilo y nadie que yo conocía estaba ahí. Podía pintar y escuchar el silencio que me rodeaba.
Era mi lugar secreto y ahí podía ser feliz. No plenamente feliz, no me reía, pero era pacífico. Si quería gritar o llorar, lo podía hacer sin dar explicaciones.
Me convertí en ermitaña. Si antes no hablaba, ahora mi silencio era ridículo. Lo extraño era que me fui integrando más en la secundaria. Participé en la banda y en clases de defensa. Practicaba por horas, fortaleciendo mi energía y tolerancia.
Tenía amigos, incluso una mejor amiga llamada Cristina. Le compartía los detalles de mi vida; ella no me podía entender, pero la verdad yo tenía dificultad de aceptarlo también.
Al terminar mi etapa colegial, ingresé a una universidad para estudiar artes en otra ciudad. Creí que al ir lejos, todo sería diferente y maravilloso. No tardé en ver que esto no resolvía nada. Tenía pocos amigos, odiaba mi nuevo empleo y la escuela no era lo que esperaba. Me trasladaba cuatro horas ida a vuelta a casa los fines de semana, sólo para poder estar en mi lugar especial durante un par de horas… De vuelta a mi vida anterior.
Una noche al intentar hacer mi tarea, decidí mejor invertir mi tiempo en una película. Fue entonces que me dirigí al centro de la ciudad al cinema más cercano. Antes de que empezara la función, fui a caminar. Me encontré con un hombre que estaba repartiendo volantes, y dos chicas que lo estaban tratando groseramente. Creí que estaba promocionando su grupo musical o algo, así que tomé uno de sus boletas y ya iba a seguir caminando cuando él dijo: “¿Puedo preguntarte algo? ¿Cuál es tu relación con Dios?”.
Me le quedé viendo y reí, su pregunta sonaba muy chistosa. ¿Cómo alguien va a tener una “relación” con Dios? El chico dijo llamarse Jaime y luego me presentó a otro muchacho llamado Carlos. Pronto, otros amigos llegaron a hablar. Durante las próximas dos horas, me quedé con ellos hablando acerca de Dios.
No lo podía creer. Me habían criado en la fe cristiana, pero nunca me había sentido así al respecto. Inspeccioné a cada uno, preguntándome qué tenían que me intrigaba de tal forma. Éramos como siete personas hablando de Dios en una noche fría, cada uno con una bella actitud, pacíficos y amables.
Jaime me volvió a ver y dijo: “Brooke, ¿quieres aceptar a Cristo?”.
“¡No hables con ellos!” gritó alguien, interrumpiendo la conversación. Un chico que conocía estaba cerca; aunque él me había invitado a pasar tiempo con él y sus amigos me rehusé, no era buena persona. Sin embargo, había estado escuchando a corta distancia mi conversación con Jaime.
Pero, Jaime siguió hablando, esta vez unido por Carlos: “¿Quieres aceptarlo? Sólo si tu quieres, Brooke”.
El intruso siguió gritando, y sus amigos empezaron a burlarse de Jaime y Carlos. Les habría dicho que se callaran, pero en realidad me sentí mal por ellos. Asentí la cabeza y dije: “Sí quiero, ¿pero oran conmigo?”.
Mientras oraba, los burladores me decían groserías. Sin embargo, me llené de paz… Ellos siguen perdidos, pero yo encontré lo que buscaba.
Al poco tiempo de haber sido salva, encontré un proyecto escolar que creé titulado “El hombre mariposa”: tenía cuerpo de mariposa pero la cara estaba compuesta de distintos gráficos de rostros de hombres. Mientras lo observaba, casi boto mi diseño, ¡la cara era similar a la de Jaime! El hombre que se detuvo a compartir su fe conmigo en la calle, el mismo molde de cara, misma barba y color de piel. ¿Dios aun trataba de alcanzarme antes de conocer a mis nuevos amigos?
Le obsequié el cuadro a Jaime, y él exclamó: “¡Es increíble! Las mariposas son un símbolo de nuevos comienzos”.
Aun tengo recuerdos de mi pasado. A veces si tengo mucho frío o acabo de salir de la ducha, puedo ver la frase “¿Por qué?” delineada en mi antebrazo. Eso decía cuando yo no tenía respuestas.
Hoy, esto es un recordatorio de que mis cicatrices han sido sanadas… en más de una forma.









Pensé que estaba perdiendo la cabeza, volviéndome loca. Nunca le dije a nadie lo que sucedía dentro de mí. Sólo compartía lo superficial que era evidente a todos. No iba a clases porque no le encontraba sentido a ellas. Me quedaba en cama; la puerta cerrada con llave para que mi mamá no entrara. Eventualmente, ella se dio por vencida, pero yo ya me había dado por vencida.


